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Por qué es el mejor jugador
![]() Diego Forlán no era el candidato cantado, pero fue elegido el mejor jugador del Mundial. Su padre —ex crack de Peñarol y la selección uruguaya—, su hermano y hasta su entrenador de tenis cuentan cómo lo logró. Por César Bianchi A los 10 años le escribió una cartita a su madre contándole qué cosas lo harían, algún día, un gran jugador de fútbol. Siempre obediente y bien enseñado, garabateó: "Dedicación, sacrificio, control de la pelota, remate con las dos piernas y mucho trabajo". Hoy que el uruguayo Diego Forlán fue elegido como el mejor jugador del mundo, esas líneas fundarán la leyenda.  Adolfo Zableh, el enviado de SoHo Colombia al Mundial de Sudáfrica, dijo que Forlán fue el único futbolista "con el prototipo de superhéroe", por ser capaz de ponerse el equipo al hombro y llevarlo a la victoria. Los músicos uruguayos Max Capote y Sebastián Casafúa le dedicaron una canción utilizando la música del dibujo japonés Mazinger Z. Se hicieron llamar The Golden Vuvuzelas y, en clave animé, ilustraron un futbolista superhéroe con rubia melena al viento, un 10 en el pecho que evoca la S en un traje azul y rojo y zancadas veloces, como si estuviera volando. No son hipérboles. Forlán es, por estos días, lo más parecido a un personaje de una tira de superhéroes. Sin camiseta es un botija tímido e introvertido, que se pone colorado cuando lo elogian y hasta exaspera escucharlo tan modesto y comedido en sus declaraciones. Ese bajo perfil que tan poco rinde a los periodistas (¡nunca una acusación, un reclamo, un quelasiganmamando!) quizá tenga una explicación en su identidad. Este Diego es uruguayo. Con el short y una camiseta de fútbol se transforma. Grita, manda, luce su brazalete de capitán como si le diera poderes, es el salvador de toda una sociedad y encima se gana el corazón de las mujeres mostrando su cuerpo trabajado cada vez que hace un gol. Mientras otros levantan su camiseta para mostrar dedicatorias a mami, Forlán exhibe sus abdominales para quien quiera lavar la ropa. Ah, para colmo es rubio de ojos claros. En el país donde al gran referente de 1950 le decían El Negro Jefe y le hacía honor a esa entelequia llamada "garra charrúa", nació un nuevo ídolo: rubio de ojos celestes, políglota, educadito y ¡sin tatuajes! Aquel trancaba fuerte y miraba de pesado, éste driblea y hace goles. Para ahuyentar las sospechas mal intencionadas, Diego Forlán tituló su autobiografía U-ru-gua-yo. ![]() Forlán no es un futbolista normal. Para empezar, no es el típico chico poco dado a los estudios, que en la casa no había qué comer y sólo quería jugar a la pelota. Diego creció en el barrio residencial de Carrasco de Montevideo y vivió en una casa de tres plantas con amplio jardín, junto a sus padres, sus hermanos, tíos, primos y abuela materna; todos en el mismo gran caserón. La familia sigue siendo el gran apoyo emocional de Diego. Una delegación de quince personas entre padre, madre, las dos hermanas y el hermano, un cuñado, una cuñada, los dos sobrinos y amigos lo siguieron durante cuarenta días por el periplo sudafricano. Hasta los 7 años Diego fue al privado Liceo Francés con su prima Luli, y a esa edad sus padres lo cambiaron al Erwy School, que quedaba a dos cuadras de su casa y adonde ya iban sus hermanos. Gracias a su teacher Miss Ethel comenzó a hablar fluido en inglés y, por si hiciera falta, su madre Pilar contrató una profesora particular para los veranos. En la liga uruguaya es difícil encontrar un futbolista que haya comenzado los estudios secundarios. Diego, además de haber culminado el bachillerato, estudió doce años de inglés, cinco de italiano, tres de portugués y otros tres de francés. De chico jugaba al fútbol con pelotas de trapo en los recreos del colegio, pero practicaba tenis fuera de horario. Tenía muy buenas condiciones con la raqueta. Su padre le decía que si quería llegar a ser un buen futbolista, tenía que jugar al tenis: le daría la capacidad de reacción necesaria para el césped, lo obligaría a estar concentrado todo el tiempo y adquiriría gran rapidez de piernas. Diego tomaba la raqueta con la izquierda y le pegaba con fuerza. ![]() A los 12 años, cuando se sentía desmotivado con el fútbol, su entrenador de tenis, Fernando Revetria, le dijo: "Sos un buen jugador. Es cuestión de trabajar y podrás jugar a gran nivel. Si te lo planteás y luchás, podrías llegar a la elite". Empezó a practicar con más esfuerzo, disputó torneos importantes en Uruguay y llegó al top 3 de su categoría, hasta que perdió un partido en el tie break del tercer set. Una semana después comenzaban los exámenes y suspendió el deporte. Más tarde sí siguió el consejo del entrenador, pero aplicado al fútbol. Cuando volvió al Carrasco Lawn Tennis, Revetria ya no estaba; había un nuevo entrenador. Empezó con el peloteo y a la primera pelota que falló, tiró la raqueta al suelo. "Acá no se tira la raqueta. Si fallás una bola, intentá hacerlo mejor en la próxima", lo rezongó el nuevo profe. Diego, malhumorado, decidió dejar el tenis. Unas semanas antes de partir a jugar el Mundial de Sudáfrica, su madre abrió un cajón y le mostró a Diego aquella carta que él le había escrito con la meta de ser un gran futbolista. "Era serio desde chico, trabajador y era obediente", dice hoy Revetria, que sigue teniendo relación con Forlán: hace no mucho le explicó cómo corregir un pequeño defecto en el revés, y un año después, cuando Diego llegó de Madrid a descansar en Montevideo, mostró cómo lo había superado con práctica en los ratos libres que le dejaba el Atlético. "Lo mejor de él es la concentración. Se concentraba mucho en el tenis de chiquito y eso lo llevó al fútbol", dice a SH Revetria, que aún hoy se mezcla en partidos de dobles con el ya consagrado futbolista Diego, su hermano Pablo y papá Forlán, cuando la familia está junta en la capital uruguaya. Forlán trabajó y luchó, hasta que llegó a la elite: fue dos veces Bota de Oro de Europa al mayor goleador de todo el continente. El Balón de Oro en Sudáfrica se lo dieron luego de una votación en la que participaron 11.000 periodistas especializados de todo el mundo. Aquel jovencito que era promesa del tenis eclipsó a Messi, Kaká, Cristiano Ronaldo, Rooney, Ribery y Drogbá. Diego es nieto de Nino Corazzo, ex futbolista y técnico de la selección uruguaya en 1962, e hijo de Pablo Forlán, gloria de Peñarol y la selección. Pablo Forlán ganó cinco campeonatos uruguayos, la Copa Libertadores de América y la Intercontinental de 1966 con Peñarol y tres veces fue campeón con el São Paulo en los años setenta. Jugó los mundiales de 1966 y 1970 y fue miembro del cuerpo técnico en 1974. Pablo tuvo un hijo al que también llamó Pablo, y fue defensa como él. Por eso, cuando Diego empezó a cambiar la pelota de tenis por la de fútbol, su padre le aconsejó: "Tenés que ser delantero, porque son lo que definen los partidos, ganan dinero por ellos y se llevan los aplausos". "Y tenés que pegarle bien con la derecha y con la izquierda, indistintamente", agregó. Para convencerlo, lo llevaba a un frontón del barrio para que el niño rubio pasara horas pegándole con derecha y con izquierda, con derecha y con izquierda. "El frontón no miente: si se la das bien, te la devuelve bien", insistía papá. El chico siguió combinando los estudios con la pelota, siempre cobijado por la familia. Cuando tenía 12 años se despertó una mañana con una noticia que cambió la vida de los Forlán: su hermana Alejandra, entonces con 17, había sufrido un accidente automovilístico. Su novio, que manejaba, murió en el acto, ella desde entonces se moviliza en silla de ruedas. El accidente unió aún más a la familia. En la casa de Carrasco se respira ese clima de unión. El enorme portón de hierro la hace pasar desapercibida en el contexto. Es un palacete como muchos en este barrio top sobre la rambla montevideana. El padre y el hermano (y manager) de la estrella —de vacaciones con su novia en Miami— reciben a SH en un living clásico, de los de antaño, con muebles Luis XV y sillones viejos que parecen nuevos. Da la impresión que levantar la voz en esta habitación es una herejía. Pablo, de 65 años, tiene registrado el momento exacto en que supo que su hijo ya estaba entre los fuera de serie: "Me di cuenta que iba a llegar a ser clase A cuando le hizo dos goles al Liverpool en Anfield. Liverpool está a 30 kilómetros de Manchester y hacía 10 años que el Manchester no ganaba en Anfield, entró y le hizo dos goles... ahí me di cuenta. Después hizo otros goles importantes". Pablo, ya ex futbolista, de 40 años, tiene una tarea difícil por estos días: manejar la agenda de Diego. No para de atender llamados. Pero se toma el tiempo de reflexionar qué otra cosa ayudó a su hermano además de la dos piernas: "La cultura es fundamental para cualquier persona, en cualquier carrera. Vos podés estar bien físicamente, bien alimentado y tener condiciones técnicas, pero si tu cabeza no está bien amueblada, es muy difícil que te adaptes al fútbol en Rusia, que tiene dos metros de nieve, o a vivir en Manchester, donde llueve todos los días. Es difícil andar por la calle con un termo y un mate: la gente no se va a adaptar a vos, sino vos a ellos. Tenés que tratar de superar obstáculos fuera de la cancha. Y entonces cuánto más preparado estés y mejor nivel cultural tengas, mejor te va a ir". Diego decidió emigrar a la Argentina a los 18 años, luego de no tener suerte en las inferiores de Peñarol y Danubio. Por intermedio de un amigo de su padre, Omar Pastoriza, llegó a la cuarta de Independiente. Y nueve meses después, de la mano del Flaco Menotti, debutó en primera división. En cuarta división fue el goleador del Torneo Apertura argentino de 1998 y a la temporada siguiente estaba en la reserva. Según su padre, que lleva contabilizados y memorizados todos sus goles, para entonces llevaba 300 en su corta carrera. "Este yorugua pinta para goleador", le comentaba Menotti a los periodistas en los entrenamientos. Con 19 años debutó el 25 de octubre de 1998 contra Argentinos Juniors. Entró en el segundo tiempo y al otro día el diario Olé lo criticó: "Al pibe le salieron pocas bien". A fines de 2001 Uruguay consiguió un angustioso último pasaje al Mundial de Corea y Japón del año siguiente luego de jugar un repechaje ante Australia. Forlán siguió las alternativas de la clasificación por televisión, mientras intentaba desoír los rumores de un pase al poderoso Manchester United, el equipo que siempre elegía en la Play-Station. Hasta que lo llamó sir Alex Ferguson, el DT del Manchester, y le preguntó si tenía ganas de ir a jugar con ellos. Con 21 años se codeó con Beckham, Van Nistelrooy y Roy Keane, hizo goles importantes pero jugó pocos minutos. Jugó con la camiseta número 32 en el Manchester y con la 21 el Mundial asiático del año 2002 con la selección charrúa. Elegía los números altos para ser, también así, distinto. En el Villarreal le hizo un homenaje a su hermano usando la casaca número 5, la que Pablo usaba en el torneo uruguayo. ¡Un goleador con la 5! Para coronarse campeón de la Europa League con el Atlético escogió el dorsal 7. Al decir del extinto escritor uruguayo Mario Benedetti, los números impares son "finitos y estilizados", mientras que los pares y los que terminan en 0 remiten a una imagen de "gorditos y rechonchos". Pero un día Diego sucumbió a la magia del número que inmortalizaron Pelé y Maradona, y se recibió de crack en Sudáfrica con el número rechoncho. Con 31 años, 335.000 seguidores en Twitter, y las ganas de jugar su tercer Mundial en Brasil, Forlán volvió a Montevideo haciendo que los diarios se rindieran a la tentación autorreferencial: su Balón de Oro acaparó las portadas y relegó a España a un segundo titular. Ante medio millón de uruguayos, frente al Palacio Legislativo, el 13 de julio el Loco Abreu le pidió que dijera unas palabras. Sonrojado, Diego Forlán, el yerno ideal, habló. "Quiero darle un mensaje a la gente: trabajando con humildad y respeto, haciendo las cosas bien, se puede llegar bastante lejos. Nosotros estuvimos a un paso de la final del mundo. El premio me tomó por sorpresa. Lo conseguí gracias al gran grupo humano y al cuerpo técnico, producto del trabajo serio y laborioso de cuatro años". "Los niños deben comprender —dijo el también embajador de Unicef desde 2005— que en Uruguay, pese a que somos un pequeño país con tres millones de habitantes, contamos con abogados, doctores, empleados y empresarios al más alto nivel. También pasa en el fútbol. Tenemos que creer en nosotros". "Diego es uruguayo —subraya el hermano ahora, en el living familiar—, y quiere volver a Uruguay en algún momento, como todos los uruguayos que están lejos. ¿Creérsela? No... Diego sabe que es un tipo importante en el fútbol. Pero después de tantos logros y títulos, nunca se la creyó. No me entra en la cabeza que Diego se agrande. Si así sucediera, estamos nosotros para aconsejarlo, pero es algo inimaginable". Informacion
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17-08-2010 14:15:53
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Mira men, si fuera como vos deecis, hubieran consagrado a Messi como mejor jugador del mundo, pero no fue asi, asi que las opiniones son "extras". El mejor jugador del mundo en este momento es Diego Forlan.
Uruguay nomaaa
(No quiero ofender con mi comentario).
Desde ya que Messi le da 20 vueltas y tiene muchas cosas mejores, pero en el Mundial no dio lo que se esperaba.