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Boxeando con una Campeona Mundial - Yessica Bopp

Boxeando con una Campeona Mundial


Un periodista peso pesado reta a boxear tres rounds a Yesica Bopp, campeona mundial minimosca, que está a punto de defender el título, pero no precisamente en esta pelea.



Por Mauro Fulco
EL DILEMA MORAL
tardó nada en resolverse. En realidad, decir nada es pecar de abstracto. Puedo cuantificar
con precisión quirúrgica cuál fue el instante en que me dieron ganas de golpear con dureza el rostro —o el abdomen, qué más da— de Yésica Bopp, campeona mundial minimosca invicta AMB y OMB. Fue apenas sonó el timbre que dio inicio al primer round y la boxeadora se me vino encima como un Scania; me encajó un cross en la nariz y una conexión de ganchos a la panza.


Entrenamientos.

El periodista de SH se preparó en un gimnasio de Caballito, con el boxeador profesional Mariano Plotinsky. Yesica siguió con su entrenamiento de todos los días, en Villa Domínico.


Apenas sonó el timbre se me vino encima como un Scania, me encajó un cross en la nariz y una conexión de ganchos a la panza.


Habían transcurrido segundos desde que mi martirio había comenzado y, empapado en sudor, sentí ganas de pegarle una paliza. En ese momento le dije adiós al interrogante que me asaltaba desde hacía un mes. ¿Pegarle a una mujer? Pegarle no sé, pero intentarlo seguro.

El primer contacto fue el 14 de abril pasado. Recibí un mail con un asunto sugerente: “¿Vos boxeás?”. El cuerpo del correo electrónico explicaba que estaban buscando un periodista que se animara a calzarse los guantes para disputar unos asaltos con una mujer campeona del mundo.

Mi acercamiento al mundo de los guantes fue a los 15 años. Tomé clases de box con un profesor que se llamaba Jorge Amadeo y tendría no menos de 70 años.

Aun así, tenía físico de Charles Atlas. Mi divorcio con el deporte de Bonavena se produjo cuando me fracturé un tobillo saltando a la soga al introducir el pie en un pozo de diámetro petrolero. La nota para SH, entonces, era un buen pretexto para retomar mis siempre postergadas ganas de entrenarme, con la ventaja de que mi cuñado, Mariano Plotinsky, es boxeador profesional y peleó en Alemania por una corona mundial. Sospeché que tal vez por propiedad transitiva los lineamientos básicos del deporte ser harían carne en mí. Me equivoqué.

Mi rival y yo no nos parecemos mucho. Además de ser nena y nene respectivamente, la balanza indica que peso 93,700 kilos. Soy peso pesado, al igual que el legendario Joe Louis, el bestial Mike Tyson, el actual campeón Vitali Klitchsko o la estrella televisiva Fabio La Mole Moli.



Claro que ellos rondan los dos metros de altura y yo araño 1,73. Ella tiene 26 años (4 menos que yo) mide 1,50 metros, pesa 48,300 kilos, es rubia y podría pasar por secretaria ejecutiva, estudiante universitaria o babysitter. Sin embargo, podría tambier desmayar a una vaca de un derechazo.

Yesica Bopp comenzó a pegar piñas con disciplina a los 16 años en el gimnasio Pascual Pérez de su barrio, Villa Domínico, un lugar que parece extraído de la película Million Dollar Baby. La humildad se nota en las paredes descascaradas por la humedad y tapizadas con elogiosos recortes periodísticos de “La Piba de Oro”, de “La Tuti”, apodos con los que se suele mencionar a Bopp. Enmarcadas figuran su primera victoria como profesional, año 2008, en Villa Gesell y contra Soledad Macedo; también su intimidante palmarés amateur: campeona Panamericana en
2005, 2006 y 2007, medalla de bronce en el mundial de Rusia en 2005 y plateada en el de la India, en 2007. Como profesional, su récord indica que ganó 12 peleas (5 de ellas por nocaut) y que no perdió nunca. Su descubridor se llama Delfino Pérez, tiene 72 años y aclara que no es pariente del primer campeón mundial que dio la Argentina.

Mezcla de azar y admiración, decidió bautizar con el nombre del emblemático peso mosca al gym. Es conversador, luce una calva lustrosa y la fuerza de un roble. Al menos eso demuestra cuando hace sombra con los alumnos, todos pibes menores de 20 años, que tiran manos con ahínco y no logran moverlo de sus pies bien plantados. A
nuestro lado, un Iván Drago del conurbano, forjado a guiso y cumbia y con infaltables claritos que le adornan el pelo, le pega a la bolsa con empuje de búfalo, y la potencia de sus puños hace no el sonido sordo de un golpe tradicional, sino la onomatopeya cinematográfica estruendosa. “Este pibe tiene 15 años y hace guantes seguido con la Tuti —señala el descubridor de talentos—. Cobra siempre, ja”. Su risa final me intimidó de verdad. Fue la primera que me replanteé el porqué de semejante aventura. No sería la última.

ROUND 1




Acordamos que serían tres asaltos de un minuto. Me pareció muy poco, ya que —gracias a mi preparación previa— me consideraba apto para disputar dos o tres rounds de dos minutos. Chocamos puños en el centro del ring. Primero abajo, después arriba, y a boxear. Apenas comenzado el match, recibí un impacto que me indicó que Bopp cumpliría todas sus promesas. En criollo, me iba a fajar. De todas maneras, fui bastante digno. Al comienzo pude mantener la guardia alzada y el pobre estilo adquirido en mis entrenamientos. Con cautela y parsimonia, no registré castigo físico de relevancia hasta un incidente menor que —sospecho— selló mi suerte. Cerca del final de ese primer asalto recibí un cross de derecha potente que impactó de lleno en el cabezal, con tanta mala suerte que, en pleno retroceso defensivo, tropecé con la pierna del fotógrafo y flameé como una bandera. Dos, tres pasos de pingüino y, cuando estaba por conocer la lona (y el oprobio) sentí el brazo amigo del colega que me rescató de las llamas de la vergüenza. Me recompuse, recibí algún que otro golpe más y sonó el timbre. Fin de la primera vuelta. Sin dolor pero con un cansancio que me quemaba el pecho. Me faltaba el aire, las piernas comenzaron a flojear y al protector bucal lo sentí como si estuviera masticando una pelota de cemento. Si hubiera tenido un pulmotor, lo habría requerido sin dudas.

Durante un mes, concurrí al gimnasio de mi cuñado para intentar refrescar conocimientos que nunca aprendí, para revivir las lecciones no aprendidas de mis quince años. Fueron clases en las que hice abdominales, ensayé combinaciones de golpes y aprendí a pegarle ganchos a un neumático cortado a la mitad que está empotrado en una pared. Me sentí Rocky Balboa en Rocky IV, pero sin lograr jamás la coordinación necesaria para impactarle al punching ball. Plotinsky, mi pariente campeón de box, tuvo palabras de aliento y algunas indicaciones menores para enfrentar a Bopp.

Dolorido y harto de recibir, giré sobre mis talones y empecé a caminar rumbo al rincón. Yesica me persiguió esos cinco o seis pasos dándome en la espalda mientras el piadoso rincón gritaba. “¿Qué hacés? ¿Estás Loco?”

La más importante: “No te preocupes, es chiquita de estatura, para pegarte en la boca se tiene que subir a un banquito. No jodas más”. Las palabras del coach no tuvieron intención de herirme, pero al recibir la primera piña en la boca me dieron ganas de fijarme si Bopp no estaba trepada a una escalera. Ese primer golpe no dolió tanto, fue más bien un poderoso llamado de atención. Como estar mirando para otro lado y recibir un cachetazo en la nuca.
Mi esposa, a diferencia de mi entrenador, se opuso a esta historia desde el comienzo. Conocedora de las implicancias de la violencia entrenada, me aclaró en todo momento que no tendría chance siquiera de rozar a mi rival. “Si te lastiman, paga la revista”, me retó más de una vez. Eso sí, la mañana del día D, antes de irse a trabajar, volvió a abrir la puerta de calle, asomó la cabeza y susurró: “Si podés, arrancale la cabeza”. La pelea estaba pactada
para las 16.30. Alrededor de las 15 recibí un mensaje de texto con una breve recomendación marital: “Gancho al hígado primero, cross de derecha después. Así llega el nocaut”.

La comitiva de la revista enfiló para la zona sur del Gran Buenos Aires, pero una desinteligencia nos obligó a trasladarnos al Cenard (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), a una hora y media de distancia. Sospechamos que fue una maniobra de distracción para fatigarme. Allí, en el Cenard, es donde “La Piba de Oro” concentra para su próxima pelea, que calcula será para mediados de julio, es decir, en un plazo no mayor a un mes. No tiene rival designado ni fecha concreta. Sólo sabe que será en Sunchales, provincia de Santa Fe, donde el 20 de junio de 2009 noqueó en el segundo round a la colombiana Paulina Cardona para retener su título AMB (Asociación
Mundial de Boxeo). Después de derrotar por puntos a la mexicana Ana Arrazola, el pasado 6 de noviembre sumaría además el cetro como campeona minimosca de la OMB (Organización Mundial de Boxeo). Es decir, unificó las dos coronas. Uno de los grandes problemas es que, debido a su peso y estatura, no le resulta sencillo conseguir rivales
de categoría. Es por eso que, antes de programar sus defensas de título, decide irse a vivir a este centro de elite deportiva, donde viven las chicas del seleccionado argentino de box que, en ese afán zoológico por bautizar a los deportistas, se proclamaron como Las Toritas. Con ellas hace guantes y lleva una vida de atleta full time. Por la mañana, hace entrenamiento físico con su entrenador personal, que se traslada hasta el lugar para seguir la
rutina deportiva; por la tarde se calza los guantes. Entre sus colegas es muy respetada por tres motivos:
sus triunfos, su humildad y su resistencia a los golpes. Como ejemplo recuerdan el invierno pasado, cuando en plena epidemia de Gripe A se cancelaron los entrenamientos a causa de la prohibición de permanecer en lugares cerrados. Para que ninguna de las boxeadoras perdiera su rutina de trabajo, Bopp se las llevó a vivir a la casa.

Dolorido y harto de recibir, giré sobre mis talones y empecé a caminar rumbo al rincón. Yesica me persiguió esos cinco o seis pasos dándome en la espalda mientras el piadoso rincón gritaba. “¿Qué hacés? ¿Estás loco?” Dos de ellas —Débora Dionicius [medalla de Plata en los Panamericanos Guayaquil 2009] y Paola Benavidez [Oro en el mismo torneo]— fueron las encargadas de mi rincón. Me suministraron agua, me alentaron y me dieron valiosas indicaciones: “Pegale, mirá que la Tuti se la reaguanta. Si no le pegás, te va a pegar ella a vos”, aconsejó Benavidez
mientras enjuagaba mi bucal y —sin saberlo— me ayudaba a dilucidar la encrucijada moral sobre levantarle la mano a una mujer; Dionicius acotó:“Andá con la izquierda en punta. Tenela lejos, que no se te meta adentro porque te va a fajar. Acordate: izquierda en punta, cuando puedas le das de derecha”. No pude, claro.

ROUND 2




Un desastre. Me pegó abajo, me castigó arriba. Desde fuera del cuadrilátero, el público presente (boxeadoras de elite todas ellas) gritaba que me castigara la zona abdominal. También me contaron que alguien gritó un tibio “vamos gordito” en mi apoyo. No lo oí. Claro, estaba tan aturdido que lo único que ansiaba era que sonara el bendito timbre. Mientras la panza me sonaba como un tambor y los órganos se me desacomodaban a fuerza de golpes, pensaba en la relatividad del tiempo. Esos sesenta segundos eran de chicle, y yo no podía hacer nada para detener la catarata de golpes que llovían sobre mi humanidad. El cansancio ya era un agotamiento que me impedía levantar los brazos. Hasta que en un segundo, me pegó una trompada que sacudió mi estantería. El pestañeo posterior pareció eterno, y el ring giró sobre su eje. Dolorido y harto de recibir, giré sobre mis talones y empecé a caminar rumbo al rincón moviendo mis extremidades como Mi pobre angelito en un claro gesto de “no puedo más”. ¿Para qué? Yesica Bopp me persiguió esos cinco o seis pasos dándome en la espalda mientras mi piadoso rincón gritaba: “¿Qué hacés? ¿Estás loco? ¡Date vuelta que te va a pegar más, así!”. Tenía la esperanza de que se diera cuenta de que no quería estar ahí. Giré y cerré los brazos sobre el pecho. Sin dudas, la rubia estaba cumpliendo su promesa. Antes de comenzar la pelea miró a la cámara y dijo: “Bueno, lo lamento, pero va a tener lo que vino a buscar”. Supongo que hubo algún error de interpretación, porque vine a buscar una historia y me estaba llevando puños marcados en todo el cuerpo y una visita virtual al Planetario, por la cantidad de estrellas que vi. Timbre. Fin del segundo asalto.

Según el fotógrafo, yo conecté dos impactos y a ella le quedó la nariz colorada. No tengo registro de eso.

Cuando llegamos al lugar pactado, Bopp tomaba mate con sus colegas. Nos saludamos. En ese momento no sentía un miedo integral. Mi único temor (y además bien fundado) era la concreta posibilidad de que me bajara los dientes. El resto no me preocupaba. Lo que sí manifestaba era ansiedad. Ella lo percibió y me atajó. “Va a estar bueno que precalientes, porque te podés lastimar”, me recomendó. Sin tener demasiado claro qué hacer, ella
propuso saltar la soga. Sus compañeras se dieron cuenta de mi calamitoso estado físico y cuchicheaban por lo bajo. Una de ellas buscó un implemento para saltar y no encontró, así que me dispuse a hacer un tibio trote por las instalaciones. Mientras corría, movía los brazos en círculo y tiraba piñas imaginarias. Así hace Rocky cuando se prepara. Es más, los acordes de la película sonaban en mi mente como una banda de sonido especial, y hasta
había pensado hacer la humorada de “córtame el párpado”, en un meta mensaje sólo apto para fanáticos. Claro que no tuve tiempo ni espacio ni lugar para chistes. Las Toritas me prestaron un par de guantes negros bastante húmedos y un cabezal al tono, que creí innecesario y resultó salvador. Me dirigí al baño con mi bolso y me vestí con ropa prestada por mi cuñado. Short de esos amplios que se encajan debajo del ombligo, vendas negras con dhesivo y hasta una capa con capucha roja. El calzado también me lo prestó, pero como tengo el pie tan ancho no me
subía el cierre de las botitas. Decidí usar mis zapatillas de lona.
Ella tenía una remera negra con su nombre estampado en flúo y un pantalón azul brillante con flecos dorados. Usó guantes y cabezal rosas, como si el detalle femenino del color atenuara los impactos. No recuerdo si usó protector bucal. De todos modos no lo hubiera necesitado. En el trayecto seguía cuestionándome si podría
pegarle a una mujer, si era capaz de un hecho tan aberrante. No tenía respuesta. Salí de mi improvisado vestuario con los brazos en alto como vi en infinidad de veces por televisión. Es más, tenía pensado el detalle de llevar algún tema musical alusivo a ese momento, idea descartada luego. Apenas pisé el suelo del gimnasio, una silbatina
atronadora me hizo sentir visitante. Abucheos por montón. Mi oponente hablaba por celular con el marido, Huguito, a quien le cortó con amabilidad: “Te dejo porque vinieron de la revista”. En la charla previa, me contó que durante la etapa de concentración su vida se consagra al deporte. Pocos días antes de la pelea que mantuvimos, un medio digital le preguntó si tendría sexo antes de una competencia y ella respondió que no porque "estropea el trabajo”. Vida rutinaria y sacrificio son ley. Entrenamiento matinal aérobico y complemento de pesas, almuerzo, Entrenamiento otra vez de 16 a 18. A las 20, horario de hospital, cenan todas juntas, sin excesos. Aunque no tenga problemas de peso, Bopp no se excede de los 49 kilos. A más tardar, a las once de la noche está durmiendo.
Pienso en la cantidad de programas de tele que se pierde y me siento frívolo. Bopp conoce el juego mediático. Sabe posar y declarar. Es tan rápida con los puños como con la labia. Simpática, me chicanea. Hace reír a los presentes. Me acusa de tener miedo, y no le erra por mucho. Antes del primer timbrazo, nos miramos con fiereza en el centro del ring y nos tentamos. Cuando logramos ponernos serios, me pega un golpe imprevisto.
Lo intentamos de nuevo, ahora le pego yo y me pega un tatequieto en la barriga.

ROUND 3




Estuvo de más. De hecho, intenté hacerme el distraído y deslicé que habíamos arreglado boxear nada más que dos vueltas, pero una voz maligna recordó que eran 3 los asaltos que habíamos acordado. Estaba tan cansado que no podía ni caminar. En el pecho sentía como si me caminara una peregrinación de enanos por adentro. Además,
el protector bucal lo había pateado bien lejos al finalizar el segundo asalto, como para demostrar que la nota había
llegado a su fin. Débora, mi asistente morocha, lavó ese plástico con gusto a menta y entre las dos chicas del rincón me dieron ánimos. Por poco no me tienen que armar como una gelatina. Pero era una cuestión de orgullo.
Resignado, evalué mis perspectivas y resolví no atacar más. Junté mi guardia para protegerme de los embates de
la campeona, que se entusiasmó y me descargó una ráfaga de ganchos. Además, se empecinó en pegarme en la nariz, único sector de la cara desprotegido, que a esta altura de la velada ardía como si la hubiera acercado a una hornalla. Según el fotógrafo, yo conecté dos impactos, y a ella le quedó la nariz colorada también. Pero no tengo registro de eso. En mi mente, lo único que se sucedía eran las agujas del reloj, que parecía estar detenido. Seguí defendiéndome y cometí un error fatal. Mientras Bopp me fajaba esbocé una sonrisa. Sí, me tenté. Se me escapó una carcajada. Como un niño que recibe un castigo e intenta demostrar rebeldía, una sonora risa me salió desde el alma. Mi rival se enfureció aún más y prosiguió con sus golpes. Desde el rincón, me alentaron un par de veces para que le pegara con mi mano más potente, la derecha. Fue infructuoso, cada vez que la despegaba de mi cuerpo recibía algún sopapo. Timbre. Fin del tercer asalto y de la pelea.



Mi debut en el ring no fue muy auspicioso. Según los testigos entendidos, debo entrenar no menos de cinco años para volver a trepar a un cuadrilátero. Al finalizar el match, hubo abrazo y agradecimiento como en cualquier pelea, pero nadie vino a levantarle la mano a la ganadora. Tal vez no perdí, o quizás estaban todos ocupados en recomendarme la ingesta de un antiinflamatorio para combatir los dolores que me aquejarían por la noche. Menos mal que hice caso. Tengo la nariz inflada como una toronja, cierta molestia materal y un fuerte dolor en los brazos. Siento como si hubiera cargado a Jorge Porcel en brazos hasta Mar del Plata. En un momento me pareció que me sangraba el hocico, pero por suerte fue una falsa alarma. El líquido caliente que sentí deslizarse no atinó a salir. Fue sólo una sensación interna. Más allá de los síntomas físicos, mi dilema se resolvió de la manera más sencilla de todas. Me cuestioné, me pregunté, me atormenté, peleé conmigo, me reprendí de mil maneras. El problema de saber
si era capaz de pegarle a una persona del género femenino se resolvió fácil. Por más que hubiera decidido pegarle, no habría podido.





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